El “Acto por la familia cristiana” organizado el 30 de diciembre de 2007 ha levantado polémica, y no sin razón, ya que ha sido capaz de hacer temblar la creencia en la separación Iglesia-Estado.
Si bien el poder político que la Iglesia ostentaba años atrás ya es cosa del pasado, los obispos han sido capaces de demostrarnos que no piensan perder lo poco que les queda. Vivimos en una sociedad democrática, plural, en la que la religión ha perdido y sigue perdiendo importancia en las vidas de los ciudadanos. Si bien la mayoría de españoles se declaran católicos, la mayor parte de ellos ni creen en la Iglesia como institución ni en los dogmas y estilos de vida que defiende. Así, esta España “católica” mantiene más relaciones sexuales antes de casarse que después, se emborracha y consume drogas, no va a misa los domingos, acepta completamente la homosexualidad, no sabe rezar un rosario, aborta en cuanto tener un hijo no encaja con sus planes y prefiere a Papá Noel antes que a los Reyes Magos.
Pero entre toda esta gente “descatolizada” surgen obispos y cardenales capaces de decir que el matrimonio homosexual y el divorcio exprés suponen “una marcha atrás en los derechos humanos”, y lo que es peor, que estas leyes nos llevarán a la “disolución de la democracia”. Puede que tengan razón y seamos nosotros los que hemos entendido mal cómo funciona una democracia. Quizás debamos crear una tercera cámara, la Cámara Católica, que decida junto con el Congreso y el Senado…
Y es que, en la actualidad, solemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de religiones. El relativismo que hoy en día impera en nuestra sociedad nos conduce a tolerar y no juzgar las religiones para no ofender a sus fieles. Es el tiempo del “me parece muy bien que creas en eso, pero yo no creo”, cosa que está bien. Pero en días como este es difícil deshacerse de esa imagen dogmática e inquisidora de una Iglesia que protesta contra quienes no viven de acuerdo a sus reglas, pretendiendo imponer su modelo de familia eliminando los demás y que amenaza con, nada más y nada menos, la “disolución de la democracia”.