La España Actual: una pausa en la inconmensurable “actualidad”.

Enero 27, 2008

De la Biblioteca Universal y otras estúpidas fantasías

Archivado en: Sociedad — jaasan @ 5:08 pm
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Peter Hopkins, licenciado por Harvard en 2004, tenía una idea para un negocio: una web que pudiera hacer por los intelectuales lo que YouTube hizo por los bulldogs o los monopatines.

Este ciudadano estadounidense estaba hastiado de la ingente cantidad de vídeos intrascendentales que la gente comparte a través de internet gracias a YouTube. Finalmente, tuvo la idea de crear un nuevo portal similar a este, pero con la diferencia de que en él no se compartirían vídeos de gente cayéndose en una boda o chinos cantando la macarena. Nació entonces BigThink, una web donde compartir ideas.

Con esta iniciativa, se pone sobre la mesa la gran cuestión de para qué puede servir internet. Miles de visionarios lo presentaron y siguen presentando como una maravillosa herramienta capaz de unir pueblos remotos y fomentar el intercambio de ideas entre los miles de millones de personas que habitamos este planeta. Pero aquella maravillosa creación no ha contribuido al enriquecimiento cultural ni ha despertado un adormecido sentimiento de fraternidad entre personas alejadas por miles de kilómetros. Eso sí, ha servido para matar el tiempo hablando a base de emoticonos por el messenger, para tener el porno siempre a mano, para reírnos viendo vídeos de concursos japoneses y para mandar y recibir presentaciones en PowerPoint repletos de filosofía barata.

Una red mundial de comunicación presenta oportunidades nunca antes imaginadas y existen personas que son conscientes de ello, ahora le toca percatarse al resto. De momento, la noticia no ha importado a mucha gente. Parece que tenemos PowerPoint para rato.

Enero 20, 2008

La libertad banal

Archivado en: Sociedad — jaasan @ 9:31 pm
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Hoy, el humorista Forges nos recuerda, con una profunda viñeta, el amor que profesamos en la actualidad hacia aquello que llamamos libertad y en realidad no lo es.

Es una idea muy extendida la de que la cultura occidental descansa sobre los cimientos de la libertad y actúa como defensora y máximo exponente de ella alrededor del globo. Miramos hacia tierras orientales y nos enorgullecemos de vivir en un país donde la religión no ejerce ese desproporcionado papel moralizante que lleva a algunas personas a acabar con sus propias vidas, un país donde el Estado no define lo que pueden o no pueden decir los ciudadanos, un país donde uno cada uno puede llevar el estilo de vida que crea oportuno.

Pero la realidad se aleja bastante de este ideal de libertad. Ya el siglo pasado, Jean-Paul Sartre estableció acertadamente la distinción entre libertad externa e interna. Según Sartre, la libertad externa podría identificarse con la libertad de acción, poder actuar; mientras que la libertad interna sería la libertad de la voluntad, la libertad de pensamiento. De esta manera, la libertad externa podría sernos arrebatada al ingresar en una cárcel o prohibirnos hacer uso de la libertad de expresión, pero nadie podría prohibirnos pensar o desear. El hombre está, por tanto, condenado a ser libre.

Sin embargo, la libertad interna está empezando a ser amenazada seriamente. Las cadenas que anteriormente aprisionaban manos y pies hoy hacen lo propio con la mente. Tanto la libertad de expresión como la libertad de acción están plenamente asentadas en nuestra sociedad, siempre y cuando esta última no perjudique a algún otro ciudadano. ¿Pero de qué sirve la libertad externa sin nada que exteriorizar? ¿Para qué queremos libertad de expresión si no tenemos nada que decir? Este es el gran problema al que se enfrenta la sociedad contemporánea. Mientras creemos ser libres gracias a estas libertades externas, somos esclavos de nuestra propia mente y de nuestra falta de sentido crítico. La libertad de expresión no ha sido utilizada para luchar contra la injusticia sino para insultar neciamente a personajes famosos por sus parejas y para cagarnos en todo aquello que no sea de nuestro agrado aunque lo desconozcamos prácticamente en su totalidad. El altavoz que ahora está encendido se ha quedado sin aquella voz que antes gritaba inútilmente a través de él sin ser escuchada por nadie. Nuestra libertad, esa libertad de la que tan orgullosos nos sentimos, consiste en decidir qué coche comprar y qué peinado hacerme. Mientras tanto, comerciantes y peluqueros se limitan a hablarnos de coches y peinados, no vaya a ser que nos dé por pensar en otra cosa.

Enero 12, 2008

Este himno nos costará muchos cañones

Archivado en: Política — jaasan @ 4:37 pm
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La “esperada” letra para el himno nacional, elegida por la SGAE y el COE, ya está aquí. Para ser oficial deberá pasar antes por el Parlamento pero, como era de esperar, ya ha provocado desacuerdos.

Y es que la composición de un himno no es cosa usual en los tiempos que corren. Aquellas músicas destinadas a exaltar el espíritu patriótico de los guerreros han perdido toda utilidad. Las gentes no se encuentran hoy sometidas a ningún rey absolutista ni a ningún territorio predefinido. Las naciones ya no están en guerra unas con otras y ningún país tiene como principal objetivo extender sus dominios. El pueblo que antes vivía sometido a un orden social que no se podía poner en duda, a la creencia en un único y verdadero dios que imponía los valores necesarios para no descender a los infiernos y a la lealtad a una patria por la que se debía dar la vida, desapareció con el fin del Antiguo Régimen y el ascenso de la razón como guía de nuestras vidas.

Hoy, aquel pueblo esclavo y alienado, se ha convertido en una ciudadanía libre, que elige a sus gobernantes y decide qué valores morales quiere tener. Una ciudadanía que no guarda lealtad a ninguna patria abstracta y metafísica, sino que se siente ciudadano del mundo y reconoce como iguales a los ciudadanos de otras naciones. En una sociedad como la actual, en la que no es necesario ahorrarse cañones con himnos, como dijo Napoleón, ¿qué sentido tienen estas canciones patrióticas?

Quizá sea el momento de reinventar los himnos, de deshacerse de aquellos antiguos cánticos exaltadores de ánimos violentos y centrarse en lo que realmente une a los ciudadanos de un mismo país, la cultura. En estos tiempos en los que las fronteras desaparecen, el único elemento diferenciador entre naciones es su cultura, su lengua, sus costumbres e incluso su historia. Solamente una canción popular, sin ánimo patriótico pero sí fraternal, extendida entre la gente no por leyes o decretos sino por cultura, será capaz de establecerse como himno del siglo XXI. No una canción exclusiva de los actos oficiales y deportivos, sino propia de los ciudadanos, de la alegría y de la convivencia. Una canción que uno pueda llevar en su corazón al igual que lleva los chorizos de su pueblo o la exquisita tortilla de su madre. Una canción que refleje el único momento en el que hoy en día se expresa lo poco que queda del “patriotismo”, el momento en el que se está lejos de casa:

Enero 3, 2008

Con la Iglesia hemos topado

El “Acto por la familia cristiana” organizado el 30 de diciembre de 2007 ha levantado polémica, y no sin razón, ya que ha sido capaz de hacer temblar la creencia en la separación Iglesia-Estado.

Si bien el poder político que la Iglesia ostentaba años atrás ya es cosa del pasado, los obispos han sido capaces de demostrarnos que no piensan perder lo poco que les queda. Vivimos en una sociedad democrática, plural, en la que la religión ha perdido y sigue perdiendo importancia en las vidas de los ciudadanos. Si bien la mayoría de españoles se declaran católicos, la mayor parte de ellos ni creen en la Iglesia como institución ni en los dogmas y estilos de vida que defiende. Así, esta España “católica” mantiene más relaciones sexuales antes de casarse que después, se emborracha y consume drogas, no va a misa los domingos, acepta completamente la homosexualidad, no sabe rezar un rosario, aborta en cuanto tener un hijo no encaja con sus planes y prefiere a Papá Noel antes que a los Reyes Magos.

Pero entre toda esta gente “descatolizada” surgen obispos y cardenales capaces de decir que el matrimonio homosexual y el divorcio exprés suponen “una marcha atrás en los derechos humanos”, y lo que es peor, que estas leyes nos llevarán a la “disolución de la democracia”. Puede que tengan razón y seamos nosotros los que hemos entendido mal cómo funciona una democracia. Quizás debamos crear una tercera cámara, la Cámara Católica, que decida junto con el Congreso y el Senado…

Y es que, en la actualidad, solemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de religiones. El relativismo que hoy en día impera en nuestra sociedad nos conduce a tolerar y no juzgar las religiones para no ofender a sus fieles. Es el tiempo del “me parece muy bien que creas en eso, pero yo no creo”, cosa que está bien. Pero en días como este es difícil deshacerse de esa imagen dogmática e inquisidora de una Iglesia que protesta contra quienes no viven de acuerdo a sus reglas, pretendiendo imponer su modelo de familia eliminando los demás y que amenaza con, nada más y nada menos, la “disolución de la democracia”.

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